Capítulo 8. Vivamos juntos: “probemos el producto”

El primo de Álex decidió irse a vivir con su novia antes de casarse. Una idea frecuente en algunas parejas. Pero que el padre de Álex no compartía.  Álex sabía provocarle: “Vamos a ver, papá, habrá que saber antes si la convivencia funciona, ¿no?”. “Me da miedo oír el «a ver si esto funciona»” -espetó su padre-. Y siguió diciendo: “Es como si te compras un coche nuevo y en vez de estar loco por lucirlo y disfrutarlo, te dedicas a estar pendiente de si tiene ruidos… y claro, los tendrá”. Continuó: “Sólo cuando uno se casa se formaliza entre dos personas un compromiso definitivo. La unión sexual habla así: «Me entrego a ti para siempre», y no: «vamos a ver qué sucede»”.

Álex encontró en la página web del Instituto Nacional de Estadística datos sobre el número de matrimonios y rupturas que se producen. Descubrió que, en 2012, España registró dos rupturas por cada tres matrimonios, y el 90 % de las rupturas eran por divorcio. Además, y esto era escalofriante, el 50 % de los matrimonios que se rompían dejaban hijos menores de edad. “Esto es penoso” –se dijo Álex-.

“Papá, he leído que muchas parejas que viven juntas nunca llegan a casarse, pero aquellos que lo hacen tienen una tasa de divorcio más alta del 80% que aquellos que esperan a convivir después de la boda”[1] -informó Álex a su padre-. Con aire de cierta suficiencia, éste le dijo: “Esto es evidente, pues se han unido a través de un lenguaje que habla de permanencia, actuando como si estuvieran casados: con la misma dirección, teléfono, vecinos, etc. Se podría decir que estas parejas están ‘aparentando’ un matrimonio. Por tanto, estaríamos hablando de un engaño, puesto que realmente esta relación carece de un compromiso a largo plazo. A ver cómo te lo explico. Digamos que se han otorgado un ‘derecho’ no explícito a dejar ‘la puerta trasera’ abierta, para que cualquiera de los dos pueda irse en cualquier momento, y que no te quepa la menor duda: lo tienen claro. Quizás sea el motivo de muchos problemas posteriores: entre otros, la presión de procurar tener siempre al otro contento, no vaya a pasar que al otro le dé un ‘arrebato’ y se marche. Claro, con este panorama, uno preferirá evitar discrepancias no diciendo lo que piensa de verdad, aumentando aún más la tensión”.

[1] Bunpass y Sweet, Convivencia, Matrimonio y Unión estable: resultados preliminares de NSFH2 (NSFH Working Paper No. 65) Centro de Demografía y Ecología de la Universidad de Wisconsin, Madison, 1995; Bennett, et. al., “Compromiso y Unión Moderna: Evaluación del vínculo entre la convivencia prematrimonial y la subsiguiente estabilidad marital”. American Sociological Review 53:1 (Febrero, 1988): 127–138.