Capítulo 2. La sexualidad como lenguaje de amor

Álex ya estaba en la Universidad. Ilusión, ganas de comerse el mundo, “cachondeo” y algo de estudio es lo que irradiaba en su interior. Seguía con muchas cuestiones pendientes de resolver respecto a la cuestión de cómo vivir bien la sexualidad. Casi todo lo que sabía lo había oído de sus colegas del colegio, de su primo Andrés -tres años mayor que él- y de las conversaciones que se tenían en la ruta de autobús, sobre todo de vuelta a casa. Hasta ahora no se había atrevido a hablar con algún adulto del asunto. Tampoco con su padre. Pero le gustaría muchísimo.

Un día conoció a Luis, un abogado de prestigio que trabajaba para un famoso bufete. Luis era un tipo cercano, casado y estaba esperando el tercer hijo. La idea de Luis era ofrecerle un rincón del despacho durante el verano para que le ayudase a archivar algunos expedientes, a cambio de dedicar una hora diaria a comentarle los casos judiciales más interesantes que estaban procesándose. Álex no dudó en aceptarlo. Y así se inició un trato que llevó a la amistad, a pesar de la diferencia de diecisiete años que se llevaban entre ellos. Cuando descansaban y se iban a tomar un café, surgían conversaciones sobre el trabajo, las relaciones humanas, las mujeres… Conversaciones que a veces derivaban en el trato con las chicas, las salidas, el enamoramiento y el matrimonio. Es verdad que Luis se reía a veces de lo que Álex decía, pero nunca le hacía sentir un ignorante o un guarro. Luis parecía un tío honrado con su mujer. Un auténtico enamorado de su vida.

Luis le contó, respecto al sexo, que se trata del lenguaje del amor, que la rectitud sexual o castidad no es más que amar de la manera adecuada. “El sexo es un idioma del matrimonio, en el que marido y mujer se dicen con sus cuerpos: «me entrego a ti completamente y para siempre»”. Álex se quedó atónito. Nunca había escuchado hablar con tanta convicción y belleza sobre la cuestión del sexo, pues casi siempre era tratado con frivolidad entre sus amigos.

Álex preguntó en confianza: “Entonces, cuando uno se casa, ¿todo vale?”. Luis le contestó: “Vayamos por parte. Esto de vivir bien la sexualidad es para todos: no sólo los solteros. También los casados. El matrimonio no es una especie de permiso para abusar del sexo y menos aún para abusar del otro. Uno ya casado no le dice a su mujer «ahora sí que puedo hacer contigo lo que me apetezca»” –en ese instante, Álex no pudo contener la risa-.

Álex se acordaba con frecuencia de sus rollitos de verano. Las vacaciones pasadas fueron exitosas: además de Carlota, ‘habían caído’ tres chicas; pero Carlota parecía algo más que un simple rollito. Se lo pasaba bien con ella. Se reían mucho juntos y eso le confortaba. Entonces recordó lo que un antiguo tutor del cole le advirtió antes del verano cuando se despidieron al finalizar el curso: “No vayas dando tu corazón a la primera que quiera cogerlo, porque tú vales un montón”. Álex pensó que eso valdría para todos porque él no era realmente nadie especial. Pero le gustó oírlo.

Últimamente pensaba especialmente en Carlota y en lo mal que la había tratado. O al menos, eso pensaba. Desde luego, al principio, lo importante era pasarlo bien. “También disfrutaba ella cuando nos enrollábamos” -se decía Álex-.

Pero ahora, la tristeza que sentía era muy profunda. Era como un vacío que tenía que ver con la superficialidad de su vida, también en esto de las chicas.

Álex seguía profundizando en las palabras de Luis: “Ser capaz de mantener una relación y vivir la castidad significa emplear el tiempo en cosas distintas de la relación sexual”. “Esto no es fácil” –se decía Alex-. “Exige un mínimo de autocontrol y mis instintos están un poco locos”.

En esas conversaciones, Luis le planteó una reflexión práctica e interesante: “La castidad, cuando se trata de abstenerse de la relación sexual, retrasando la constitución de un vínculo afectivo sólido con alguien, permite juzgar con claridad, con realismo, si esa persona me conviene, puesto que se toma la decisión sin las ataduras afectivas que conlleva toda relación sexual. ¿Acaso vivir esto no nos hace ser verdaderamente libres?: poder elegir el objeto de nuestro amor eterno con la mayor claridad posible”. Álex vio aplastante este argumento. “Ahora entiendo por qué la libertad y la castidad van de la mano” –pensó Álex-.

La verdad es que las chicas con las que salía actuaban como ‘lobas’, como él. “Parece que disfrutan de la sexualidad tanto como yo” –le confió a Luis-. Luis le comentó que en las chicas también había mucha presión ambiental, pues estamos en una sociedad ‘supersexualizada’: “Desde los tres o cuatro años juegan con las ‘barbies’, chicas de cuerpos perfectos. La publicidad se sirve del cuerpo de la mujer. Algunas ignoran que si un chico –que por su propia naturaleza, lo sexual le entra principalmente por la vista- ve a una chica con poca ropa, lo que piensa es: «estoy de acuerdo contigo nena, tu cuerpo está muy bien», pero a la vez, piensa algo así como: «será lo único que merezca la pena de ella, por eso lo enseña». Yo pienso que la chica que se respeta así misma infunde mucha más seguridad y confianza, porque no precisa enseñar nada. Es más, los chicos no se cansarán de verla, porque siempre les quedará algo por descubrir y, a la vez, les atraerá su personalidad, su manera de mostrarse ante los demás, porque se respeta a sí misma y a los que les rodea. Por tanto, un camino seguro de que un chico respete a una chica es que ella misma empiece a respetar su propia intimidad”.