Capítulo 13. ¡Quiero cambiar!

Álex comprendía que vivir con alegría y sinceridad un noviazgo requería cambiar el modo de pensar que tenía hasta ahora y estar dispuesto a vivir muchas veces a contracorriente ante mentalidades frívolas, muy frecuentes en la sociedad, pero con fracasos igual de frecuentes. Luis, que ha visto un cambio de madurez en Álex, le dijo que si quería mejorar, tenía que cambiar algunos hábitos y transformarlos en otras acciones más fructíferas que llenarían más.  Así que le propuso este plan:

  1. Confiésate con frecuencia. Hay que empezar bien, de cero: todo olvidado. Y cuando digo todo olvidado, me refiero a que lo olvides tú, porque Dios ya lo hace: a veces somos los peores justicieros de nosotros mismos. Date la oportunidad de llevar una nueva vida. Lo mejor de todo es que lo puedes hacer cuando quieras, y las veces que quieras. Un auténtico regalo.
  2. Haz oración. Busca a Dios diariamente, usa libros espirituales y lee biografías de santos, los más felices en la tierra. Ellos sí que vivieron alegres como consecuencia de tener un corazón puro, olvidándose de ellos mismos. Todos hacían oración diaria.
  3. Queda de vez en cuando con un buen consejero. Nadie puede perseverar solo. Busca un buen amigo. Yo puedo serlo siempre que quieras.
  4. Llena tu vida. Entrégate a tu trabajo, a tu familia y amigos. Sirve de verdad a los demás. Deja de pensar en ti. Acuérdate: la felicidad viene cuando dejas de buscarla para ti.
  5. Conoce tus capacidades. La falta de castidad aminora la autoestima en un círculo vicioso: al ofender a tu dignidad con pecados contra la pureza, te lleva a dejarte utilizar y a considerarte menos digno. Has venido al mundo por algo, tienes que cumplir un objetivo y has sido dotado de talento para ello. Conócete a ti mismo y encuentra la voluntad de Dios: tu camino.
  6. Advierte tus limitaciones. No creas que tienes más fuerzas de las que realmente tienes. No seas soberbio. Qué te has creído. Lo poco que tienes de bueno te lo han dado… Como decía un santo: “¿tú, soberbia? ¡¡de qué!!”.

A Álex estas ideas no le eran desconocidas del todo. Venía de una familia de práctica cristiana y el colegio en el que estudió era de ideario católico. Álex pensó que, antes de comprometerse con alguien, se tendría que preocupar de encontrarse a sí mismo, de hacer oración diaria, mirar quién era y crecer por dentro, pues era lo que realmente dependía de él, para estar en las condiciones adecuadas de elegir a alguien que de verdad lo mereciera, cuando llegara el momento. “El matrimonio es de las pocas cosas importantes que uno decide hacer en la vida y es para siempre. Merece su tiempo y reflexión. No quiero dar mi corazón a cualquiera. Yo valgo un montón”. Álex se rió al pensar en esta última idea. No era suya. Se lo había repetido D. Francisco, su tutor en el colegio, en varias ocasiones: “Tú vales mucho. No porque yo lo diga, sino porque así Dios lo ha querido. Fíjate: vales tanto, que te ha hecho único e irrepetible. No ha habido, ni hay, ni habrá alguien como tú, por eso eres especial. Piénsalo”.

“Del dicho al hecho hay un trecho” –pensaba Álex, que quería cambiar pero le suponía mucha lucha-. Recordó una cita que leyó en el Evangelio, libro que se había comprometido a leer todos los días. Era de San Pablo en su carta a los Romanos: “No entiendo lo que me pasa […] de hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”. Esta vez buscó la ayuda de un sacerdote con el que se confesaba alguna vez en el colegio. “¿Por qué pasa esto D. Antonio? Éste le dijo: “El mismo San Pablo dice: «No soy yo quien actúa sino el pecado que hay en mí». El pecado original nos incita a hacer constantemente aquello que no nos beneficia. En cada uno de nosotros hay una pelea entre el bien –Dios- y el mal, y en los asuntos de sexualidad siempre es difícil. Las tentaciones son una realidad, la inclinación es muy fuerte, y tiene sentido que sea así: La naturaleza nos pide que lleguemos hasta el final, para que no nos conformemos con unas cuantas acaricias y la especie humana no se extinga”. Álex pensó que algo de eso era lo que le ocurría… Así se lo expresó a D. Antonio, y éste terminó diciéndole: “Lo importante Álex es que el pasado no te condicione. Nunca es demasiado tarde para vivir la castidad -la rectitud sexual-, porque se refiere al presente y al futuro. Si te arrepientes de tu pasado, es el momento de subirte al carro y disfrutar de una vida de pureza, de amor auténtico, amando en serio”.

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