Sin autoridad no se puede educar

Tiene autoridad en su hijo aquél que, en su ejercicio, va adquiriendo prestigio delante de él, porque éste, que recibe las órdenes y obedece, detecta en el que le manda –su padre, su madre- una percepción real de ayuda, de actitud de servicio y entrega.

Cuando se ejerce la autoridad desde que los hijos son pequeños, este servicio nos exige a localizar aquellos momentos en los que se hace necesario mandar, reconociendo –con la experiencia- qué es lo que hay que mandar y cuándo lo tenemos que hacer.

¿Qué factores hay que considerar para ejercer bien la autoridad?:

  1. PENSAR. ¿Qué voy a exigir? ¿Cómo exigirlo? ¿Cómo armonizaré Cariño y Exigencia? ¿Hacia dónde quiero “orientar” a mi hijo?
  2. INFORMARSE. ¿Qué le ocurre a mi hijo? ¿Qué dicen los profesores de él? ¿Qué ha ocurrido de verdad? ¿Cómo ocurrió? ¿Cuánto de responsable es mi hijo?
  3. DECIDIR. Hay que tomar una decisión: ¿Quién la ejecutará? ¿Esperamos un tiempo, o ya es el momento?
  4. COMUNICAR. ¿Cómo se lo diremos? ¿Cómo sabremos que lo ha comprendido, que ha captado el mensaje?
  5. SANCIONAR/PREMIAR. ¿Qué consecuencias tiene el hecho ocurrido? ¿Qué importancia queremos manifestar? ¿Estamos los dos –padre y madre- dispuestos a hacer cumplir las consecuencias? ¿Realmente quiero provocar una reflexión, o sólo me dejo llevar por la ira o el estado anímico?

La auténtica autoridad es un atributo que se adquiere y se conserva por el prestigio, nunca por la fuerza o por imposición. Pero, ¿cómo se tiene prestigio ante los hijos? El prestigio se gana, nos lo otorgan, por nuestro modo de ser, por cómo reaccionamos ante lo que pasa a nuestro alrededor, por las “formas” que usamos al exigir, Por cómo nos ven luchando por adquirir virtudes y cualidades (entre otras: serenidad, naturalidad, dedicación, saber escuchar, saber comprender, saber disculpar). Es el camino para conseguir un ambiente familiar acogedor, donde las órdenes se convierten en buenos consejos; las normas, en exigencias suaves; los límites, en señales que guían, y las correcciones, en estímulos.

No podemos dejar de subrayar que, para favorecer el prestigio ante los hijos, juega un papel primordial la mutua ayuda entre los cónyuges. En determinadas épocas, es papá quien otorga el prestigio a mamá, y viceversa. Esto exige un esfuerzo a ambos, ¡mordiéndose la lengua si fuera necesario!,  y no desautorizando, NUNCA, alguna actuación del otro.

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