Sin prisas con tus hijos

Jacques Philippe, en su obra “La paz interior”, nos anima a vivir la paciencia con los demás como Dios lo es con cada uno de nosotros.

Muchas veces nos mostramos muy impacientes ante algún asunto o ante algún defecto de un ser querido, porque no nos abandonamos en las manos de Dios, ya sea porque no creamos que nos libre de “ese mal”, o porque, si lo permite, no creamos que nos de la fuerza para soportarlo y transformarlo en nuestro beneficio. Y esto naturalmente nos roba la paz.

Ante los defectos y otros asuntos que nos irritan de nuestros hijos o de nuestro cónyuge podemos hacer todo los que sea necesario para ayudar a mejorarles, serena y tranquilamente, y dejar el resto en las manos de Dios, que sabrá sacar provecho de todo.

Porque no se trata sólo de desear cosas buenas para ellos, si no que debemos quererlas de buen modo. El enfado, la irritación, la inquietud no pueden ser el camino de la verdad. La verdad se muestra amable, paciente, serena. Corrijamos o reprendamos según nuestras responsabilidades respecto a los demás, pero hagámoslo con cariño y paz. Y si nos vemos incapaces, mantengámonos tranquilos y dejemos actuar a Dios.

Si Dios no ha transformado a ese hijo nuestro, no ha eliminado de él ese defecto o imperfección, ¿no será que lo soporta tal y como es? Si Dios actúa con paciencia el momento oportuno, yo debería actuar como Él. Nuestra prisa puede estar motivada por el amor, pero Dios ama infinitamente más que yo, y sin embargo se muestra menos impaciente…

Debemos moderar nuestros deseos, incluso nuestros mejores deseos, para no perder la paz que necesitamos. San Francisco de Sales llegó a decir que “nada retrasa tanto el progreso en una virtud como el desear adquirirla con demasiado apresuramiento”.

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