El orden en el hogar: ¿convencimiento u obcecación?

Decía San Agustín sobre la virtud del orden: “La moderación es la madre del orden. Y el orden lo es de la paz”. No se puede vivir sin orden: ¡Qué placer cuando vemos las cosas recogidas! “Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar”- solemos tatarear a los niños cuando, desde pequeños, les enseñamos a mantener un equilibrio entre la delicia de la imaginación –el caos- y el placer de la razón –el orden-.

El valor del orden es probablemente uno de los que primero se aprenden en la vida, ya que ayuda a darle a cada cosa su lugar, y a que la persona misma aprenda a encontrar el propio. Es principio de disciplina para tus hijos, volviéndoles más productivos, ayudándoles a poner límites a las cosas, a las demás personas y a uno mismo. Con el orden se fomenta la organización, cualidad que permite a la persona disponer, de modo ordenado, de un conjunto de pasos para poder realizar una tarea con éxito.

Si el niño aprende a vivir en un ambiente ordenado, interpretará ese orden como un ambiente armónico, no caótico, brindándole una impresión de tranquilidad y relajación.

Algunos ejemplos que favorecen la adquisición de esta virtud en nuestros hijos son:

  • Utilizar cada parte de la casa para lo que está previsto. Es decir, se come en el comedor, y no en otro lugar. Se juega en el cuarto de juegos, y no en el baño.
  • Hacer juntos la cama, hasta que aprenda a hacerlo por sí mismo.
  • Recoger el plato de la mesa y los cubiertos, y llevarlos al fregadero.
  • Recoger su ropa y colocarla en el cesto de la ropa sucia.
  • Ordenar y guardar sus juguetes después de jugar.
  • Asignarle un pequeño encargo, y tener los encargos de los hermanos bien definidos.

La palabra convence, el ejemplo arrastra. Todos podemos mejorar en esta virtud, y los matrimonios tienen que ayudarse mutuamente para exigirse en esta tarea de dejar las cosas en su lugar. Una casa ordenada funciona mucho mejor que una casa desordenada. Un niño ordenado es un niño tranquilo, que sigue un método para hacer las cosas, que organiza su actividad.

Pero a veces podemos obsesionarnos con esta virtud, cayendo en la irritabilidad y en el mal humor al ver cómo tu hijo, incluso tu cónyuge, no están por la labor de mantener la casa en el estado en el que se la encontraron. Porque, si bien es cierto que una casa ordenada y organizada se convierte en una casa acogedora y agradable, podemos caer en la exageración si, al ver a tu mujer derramar un poco de aceite en el suelo, o ver cómo tu hija derrama abundante agua al regar las plantas, se desata el Hulk que llevamos dentro, haciendo de esta virtud un despropósito vital. Hay un límite claro: que te conviertas en un preocupón porque todo permanezca en su lugar. Convivir con alguien así destroza toda posibilidad de alegría, y eso no es lo que necesitamos cuando regresamos a casa de un día ajetreado.

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