Padres con autoridad. Exigir y conceder

A veces podemos ser –o en el mejor de los casos, parecer- ridículos cuando ejercitamos la autoridad en los hijos. Y todos podemos sufrir en nuestras carnes algunas de las patologías de la autoridad que, llevadas al extremo, resultan muy nocivas para la correcta educación que pretendemos dar.

Parece que lo ideal, lo nuestro, es hacerlo de tal modo que nuestros hijos sientan y reconozcan una autoridad materna y paterna equilibrada, que atiende la circunstancia y a cada temperamento.

A continuación exponemos algunas deformaciones de la autoridad, que si bien es cierto que algunos de sus rasgos son razonables, cuando se radicalizan, se convierten en tristes patologías:

  1. ¿Soy un padre/madre PATERNALISTA? Algunos ejemplos podrían ser: “A ver hijo, que ya termino yo los ejercicios que te quedan”; “Ya hago yo la cama por ti”; “Ya te visto yo”; “Te falta el vaso de agua, te lo traigo”. Este tipo de actitudes denotan una excesiva protección llegando a veces a ahogar la iniciativa y libertad. Para estos padres, su hijo siempre es un menor de edad, indefenso, que necesita mucha protección, cuidado, mimos… “Pobrecito, yo solo quiero que no sufra…” –se dicen estos padres-. Se trata de un exceso de cariño, de amor mal entendido. ¿Cómo actúan los hijos de estos padres? Dejándose llevar, de manera que con el tiempo, cualquier iniciativa les supone un esfuerzo, y acaban exigiendo que se les dé todo hecho. Es un estilo educativo magnífico para que tu hijo se convierta en un chaval inseguro, indeciso y pusilánime.
  1. ¿Soy un padre/madre AUTORITARIA? Actuamos-somos así cuando ejercemos el mando sin concesiones, sin consejo, sin pensar en la persona que ha de obedecer. “Porque sí”, “porque lo digo yo y punto”, “porque soy tu padre”, son las únicas razones que justifican sus mandatos. Los hijos reaccionan ante este tipo de autoridad con la huida, la trampa, la evasión… Con el tiempo, cuando están fuera del círculo familiar, lejos de la vista de sus padres, se comportan mal, aunque delante de ellos pueden aparentar ejemplaridad. En hijos más apocados, ante manifestaciones autoritarias se inhiben de toda responsabilidad, mostrándose tristes con frecuencia, a merced de las decisiones paternas o maternas, pues son padres que anulan las emociones y autoestima de sus hijos, haciendo que éstos vivan sus sentimientos muy hacia dentro, volviéndose críticos, inseguros o rebeldes.
  1. ¿Soy un padre/madre PERMISIVO/PASOTA? Esta patología, cada vez más frecuente, se da en los padres que se muestran impasibles a las circunstancias, penas y glorias que rodean a la vida de sus hijos. Son padres que carecen de valores profundos, o los ponen todos en tela de juicio. “¿Es verdaderamente la autoridad un deber?” piensan. De aquí salen chicos o chicas desvinculados de toda norma moral, educados sin orden, sin jerarquía de valores, dispuestos para todo pero sin voluntad para algo. Luego les costará asumir la responsabilidad y el compromiso de sus propios actos. Son padres que, en aras de una actitud “liberal” mal entendida, no ejercen la necesaria autoridad, incluso justificando no hacerlo. “Ahora no tengo tiempo”, es la frase que mejor explica esta actitud pasota cuando se abusa de ella. A la larga, los hijos crecen infelices por no haberse sentido queridos, muchos incapacitados para amar pero muy dispuestos a hacer infelices a los que les rodean.

Amar educando, es a veces exigir y a veces conceder. Los hijos necesitan de ti cuatro cosas: tu tiempo, tu escucha, tu cariño y tu exigencia. Esta es la clave del éxito de todo padre, de todo educador.

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