Estimular sí, comparar no

“El mayor de mis hijos me ha salido ordenado, calculador, aplicado y tranquilo. Pero el pequeño es indisciplinado, desordenado, aunque siempre está alegre y es muy imaginativo…”.

Y es que cada hijo es único, y conocer su temperamento (esa materia prima sobre el que se modela luego el carácter y la personalidad) es la clave para dirigir con más acierto la acción educativa que corresponda. Porque no se puede educar esperando que los hijos alcancen los mismos objetivos al mismo ritmo entre un hermano y otro. El trato personalizado es la única manera.

El temperamento es innato, heredado, inmodificable, y por tanto, no educable. Así, puedes tener dos hijos, y que a uno le conmueva más que a otro las cosas de la vida, mostrando el primero más impaciencia que el segundo; o que para uno, la respuesta  ante un obstáculo sea la acción, cumpliendo sin demora su obligación, y para otro, más soñador, sea más lento en la ejecución; o que ante un mismo hecho, uno reaccione con más espontaneidad y entusiasmo que el otro.

Conocerlos y conocerte. Porque tu temperamento también determina en parte el modo en que reaccionas con tu hijo, ya que entre vosotros existe una influencia mutua.

Luego, es muy importante aceptar a tu hijo como es. Su singularidad. Buscando el lado positivo de su forma de ser, porque la tiene. Y entonces no tendrá sentido que lo compares con sus hermanos: con nadie. Ten en cuenta que el concepto que tenga de su propia valía,  de ese sentimiento íntimo, se construirá con los elementos que estén a su alcance: las palabras, el lenguaje corporal,  y la relación con la gente que le rodea. Si los mensajes que recibe son negativos, su autoestima será negativa.

La base de todo éxito para mejorar la autoimagen de tu hijo radica en el clima afectivo que exista entre el hijo y el adulto. Por ello es útil preguntarse: ¿Siente y experimenta mi hijo mi amor?