¿Qué transmites a tu hijo sobre el trabajo?

Hay diferentes maneras de actuar ante un mismo trabajo, como distintas son las personas que lo pueden realizar. Y es que distintas son las motivaciones que llevan a ejecutarlo, así como incomparables las expectativas que se esperan conseguir  de él. Hay personas que trabajan únicamente porque necesitan un medio económico para vivir, y cobrar a final de mes se convierte en su máxima aspiración. Otros, como explica Maslow en la pirámide de las necesidades, buscan además otros alicientes: seguridad en el empleo, sentirse aceptado en un grupo determinado, tener éxito y poder, desarrollar los talentos y capacidades, entre otros.

Todas son motivaciones muy lícitas y convenientes, pues tienen que ver con el progreso del ser humano y el desarrollo de las habilidades con las que muchas personas se beneficiarán.

“Trabajar” lo hacemos todos, aunque para algunos sea una manera de pasar el tiempo o de entretenerse. Por tanto, se trata de un asunto que a todos nos une, y pensar y discutir a menudo sobre esto con familiares y amigos es algo común y necesario. Porque  no todos trabajamos igual. No todos explotamos todo nuestro potencial. No todos trabajamos con la misma ilusión y empeño. No todos estamos entregados, comprometidos, para que los asuntos se acometan lo mejor posible. No todos esperamos las mismas compensaciones en nuestra profesión.

Y es que la libertad humana juega aquí un papel fundamental, que tiene que ver con la actitud que uno decide tener ante el trabajo. Hay quien trabaja con proactividad, anticipándose, o quien prefiere esperar a que el jefe le pida algo concreto. Hay quien mira el reloj con cierta frecuencia y otro que no se ha dado cuenta de que la jornada ha acabado y toca asumir otros compromisos. Hay quien va al trabajo buscando conseguir objetivos y hay quien busca rodearse de amigos para echar el rato. Hay quien prefiere trabajar sólo, y otros que ven mejor trabajar en equipo porque se consiguen mejores resultados, a pesar del arduo esfuerzo que supone entenderse con los demás.

Todos estos son ejemplos de estilos y actitudes ante el trabajo. Pero esto no es lo más importante. Pienso que lo más importante es si lo que hago, si lo que dedico durante un tercio de mi día –o más- deja huella, si crea un camino que sirva de referencia a otros que han de llegar, porque trabajamos como si fuéramos indispensables, aún sabiendo que no lo somos; si hace que las personas que me rodean estén mejor porque les ha favorecido, empezando por mi familia. Yo creo que las distintas motivaciones son buenas –tanto las más extrínsecas como las más trascendentales-, si finalmente han provocado unas acciones cuyos resultados se esperan beneficiosos para uno mismo, para mi familia y para la empresa. Este puede ser un criterio que nos ayude en nuestra toma de decisiones en el trabajo. Esto que pienso hacer, ¿es bueno para mí? ¿Es bueno para mi familia? ¿Es bueno para la empresa?

Decía la beata Teresa de Calcuta: “El trabajo sin amor se convierte en esclavitud”. Todos los trabajos son importantísimos si aportan valor, o mejor dicho, si tú haces que aporten valor. Siempre pongo el ejemplo de las limpiadoras de una empresa. Su trabajo es fundamental, valiosísimo en sí mismo. Si además se hace con cariño, es espectacular para el que lo hace y para el que lo recibe. La actitud con la que trabajemos será en buena parte la que imiten nuestros hijos, porque nos miran y analizan cómo hablamos sobre nuestros proyectos, sobre nuestros jefes y nuestros subordinados. Están pendientes de si tenemos ilusión o desgana en hacer cosas para mejorar lo que ya hay, o sobre nuestra diligencia o pereza al realizar las tareas con prontitud y servicio. ¿Te quejas ante el trabajo? Tu hijo se quejará. ¿Te entusiasma saber más de tu profesión? Tu hijo tendrá la inquietud de formarse mejor para ser más óptimo. Tú eres un líder en tu casa y como quieras que trabajen tus hijos depende mucho de tu comportamiento, de tus comentarios… En definitiva, depende mucho de ti.