¡La mentira no entra en casa!

Esta es una historia real. Me la contó un profesor que participó en ella. Él estaba vigilando en el patio del colegio, cuando Luis –nombre ficticio-, un alumno de bachillerato, se enzarza en una pelea con otro compañero durante un entrenamiento. Hubo un minuto intenso de patadas, puñetazos e insultos. Los dos se llevaron su “penitencia”: tenían magulladuras, y Luis llevaba el pómulo muy hinchado. El profesor comentó el asunto a los tutores de los alumnos, y el tutor de Luis llamó al padre para informarle de lo ocurrido.

Cuando Luis llegó a casa, su padre estaba en el salón leyendo, haciendo como si no supiera nada. El padre le llamó: “Luis, ¿qué tal? ¿Cómo ha ido el día?”. “Bien papá. Perfecto” –fueron más o menos las palabras de Luis-. El padre le dijo: “Anda, ven. Creo que lo que acabas de decir no es verdad. Me parece que hoy ha ocurrido algo en el cole contigo. Así que vamos a hacer una cosa: te vas de casa y te das una vuelta. Piensa lo que ha pasado. Y cuando estés dispuesto a ser sincero, entras y me lo cuentas, porque quiero saberlo. Y esta vez, procura decirme la verdad. Porque en esta casa no caben las mentiras”.

Alguno podría pensar qué exagerada fue la actuación del padre, que se podría haber hecho todo sin tanto teatro. ¡Lo echó de casa! Pero el padre consiguió no enfadarse con Luis, y mucho menos, reñirle. El padre quería que su hijo le contara todo lo que ocurrió con sinceridad. Si se hubiese enfadado y le hubiera amonestado nada más entrar, probablemente Luis se hubiera mostrado desconfiado por las inevitables represalias, teniendo que buscar argumentos para salir airoso de la angustiosa situación, en vez de contar sencillamente lo que ocurrió asumiendo la responsabilidad que el hecho comportaba.

Los adolescentes necesitan poder mostrarse como son con sus padres. Los padres tenemos que dar oportunidades para que se abran y se manifiesten como piensan. Solo así podremos influir en ellos: a través del diálogo. Ellos no son tontos. Entienden mejor que nosotros las consecuencias de las cosas. De hecho, suelen ser menos benévolos que los adultos cuando se les pide opinión sobre qué castigos corresponden a los actos malos.

A los padres de los adolescentes les toca escuchar, opinar serenamente y hacer pensar. Es un camino arduo, pero necesario para la formación correcta de los hijos.