¿Tu casa es una empresa o un hogar?

Cuando los esposos se enteran de que van a ser padres, la alegría y el sentido de la responsabilidad son los sentimientos que naturalmente aparecen. Entonces imaginan que su retoño será muy listo, trabajador, con don de gentes, cariñoso, ordenado, y poseedor de mil virtudes más. Y es lógico, porque queremos lo mejor para nuestro hijo.

Pero también queremos lo mejor de él: queremos su mejor versión y por eso le exigimos mucho.

Van pasando los años y vemos que la criatura presenta un conjunto de aspectos heredados y otros que se construyen, y que cuenta con un determinado nivel de inteligencia para las distintas disciplinas y con determinadas capacidades para las relaciones sociales y para influir en el entorno en que se halla. Estos niveles de capacidad se van incrementando a medida que pasan los años cuando hay un proceso de aprendizaje adecuado para él. Y está bien trabajar con nuestro hijo por objetivos. Porque queremos un hijo formado íntegramente: con los mejores resultados que pueda obtener académicamente, pero también con un buen nivel desde un punto de vista humano y trascendente. Una persona con hábitos buenos: el orden en el estudio y en la casa, la generosidad al compartir, el respeto hacia los mayores, el trabajo diario, la ayuda en el hogar con encargos para servir a los demás, la autonomía en el hacer, los ratos de oración con Dios, la sinceridad que genera confianza, el respeto a la intimidad, la obediencia a los superiores, etc.

Pero el hogar, la familia, no debe ser un sitio en el que se quiera a cada hijo por lo que vale o demuestre ser. Eso es propio de las empresas. En nuestra casa, nos queremos por lo que somos, por el mero hecho de ser hijo o hermano o espos@. El amor total, sin límites, es propio de un padre y de una madre que, independientemente de las capacidades, actitudes y respuestas que manifieste el hijo a lo largo de la vida, está dispuesto a amarlo ciegamente, siempre, aunque a veces pueda parecer un padre o una madre permisiv@ a los ojos de los demás: ¡pero es que los demás no tienen por qué conocer todas las circunstancias, y ni mucho menos, querer tanto a nuestro hijo como nosotros!

Por ello, creo que los padres no debemos obsesionarnos con estar siempre pendientes de corregir cuando “se equivoca” nuestro hijo. Nuestra casa ha de ser un hogar, un lugar cálido y alegre, donde uno siempre quiera estar –aunque también se necesite salir de él-. Está claro que una casa necesita reglas, orden y ciertas dosis de autoridad, pero cuidado con que se vuelva en nuestra contra: perder la confianza de nuestro hijo porque de un modo u otro le exasperamos con nuestro afán de corregirle todo –con buena intención- es un error grave. Todo hijo debe percibir que en su hogar le quieren incondicionalmente: porque somos únicos e irrepetibles, con unos defectos y unas virtudes, y porque, por encima de todo, se siente amado por un padre y una madre que le han dado la vida y unos hermanos que no son ni mejores ni peores que él. Me sirve lo que tantas veces repitió il Papa Buono San Juan XXIII, una máxima para enfocar la formación de los hijos, integrando los ingredientes Verdad y Caridad en la gran receta de la educación en el hogar: “Omnia videre, multa disimulare, pauca corrigere”, que se traduce como: “Ver todo, disimular mucho, corregir poco”.

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